El organito, de Enrique y Armando Discépolo, versión libre de Sergio Lobo

ESPECTÁCULO CON EL QUE SE HA ESTRENADO EL TEATRO EL POPULAR EN MAYO DE 2012. Realizó funciones hasta diciembre de 2012.

de Enrique y Armando Discépolo. Versión Libre de Sergio Lobo. Música Original e intérprete:  Juan «Tata» Cedrón/ Trío Cedrón.


Saverio y su mujer

Por qué el Organito:

Creemos que para dar futuros pasos, para crecer en este arte ancestral, es necesario mirarnos desde nuestros propios orígenes y perspectivas. Rescatar nuestras propias expresiones es reconocer sus actualidades, alumbrarnos con aquellas miradas. Proponer el grotesco criollo a las nuevas generaciones es recordar de dónde venimos, disfrutarlo, entender nuestros orígenes culturales, sociales y populares  y fortalecernos en nuevas experiencias y saberes para la imprescindible construcción de la identidad nacional.

Teatro El Popular se compromete a promover y producir teatro contemporáneo, y con la misma pasión, a sostener una muestra permanente de nuestros autores y géneros clásicos (Discépolo, Novión, Florencio Sanchez, ente otros) porque estamos convencidos de que haciendo “revisionismo teatral” crecemos como pueblo y como artistas.

Sinópsis de la Obra

En la Buenos Aires de los años veinte, una familia de raíz inmigrante vive la inminencia de su desintegración entre oscuros planes y embestidas desesperadas. Saverio, organillero mendicante y sórdido jefe de familia, ha decidido reemplazar a su cuñado, Mamma Mía, un viejo tullido, otrora su socio ideal en el arte de mendigar con El Organito, por considerarlo contraproducente debido a su franca decadencia. Para ello, se asocia con Felipe, el hombre orquesta, un joven poco agraciado que “haciendo el idiota”, armado de bombo, armónica y campanillas, entre bailes y ridículas morisquetas, es una verdadera “mina de oro” a la hora de “recaudar”. Esta decisión agudizará tensiones y confrontaciones entre todos los miembros de la familia y ya nada volverá a ser como antes.

Propuesta artística, criterios dramaturgicos y de puesta en escena:

 

La obra es, ante todo, una versión libre de la obra original de los hermanos Discépolo. Esto implica, como en toda versión, una reformulación del material. Reformulación que, a nuestro juicio, resulta necesaria a partir de considerar la distancia temporal que nos separa de aquella experiencia original. Sabido es que un clásico (y “El organito” lo es, en alguna medida) trasciende el tiempo y tiene, seguramente, mucho que ofrecer a los hombres y las cuestiones de estos días. Pero no es menos cierto que sus actuales interlocutores son emergentes de esta época, y como tales, no pueden prescindir de los modos, las formas, en definitiva, “el lenguaje” que esta época les propone. Es a partir de esta auto-advertencia que operamos sobre el texto original en función de lo que, según entendemos, es la relación actual público/espectáculo, texto/contexto. Se nos observará, con no poca razón, que todo esfuerzo por tratar de reproducir lo más fielmente posible los producidos estéticos de una época (muy especialmente tratándose como se trata de un género al que muchos consideran el más trascendente de nuestro teatro) tiene un valor insoslayable en términos de preservación y transmisión cultural y construcción de identidad nacional. Coincidimos. Y, en este sentido, nuestra versión conserva muchos de los signos esenciales del grotesco criollo plasmados en el texto original. Signos que hemos rastreado, investigado y sopesado, además, en toda la obra de Discépolo y en otros tantos autores del género. Hemos puesto especial celo, por ejemplo, en conservar el uso del cocoliche con el que los autores marcaron, en distinto grado, el modo de hablar de los personajes. Especialmente el de Saverio, Anyulina, y Mamma Mía, en un claro recorte generacional. Con el mismo rigor hemos trabajado en la conservación del lenguaje no verbal típico de los personajes del grotesco criollo. Andares pesados, sobrecargados. Omnipresencia de la derrota en los cuerpos. Ese que “al caminar pone pesadamente sus tamangos en el suelo y sus rodillas dobladas, anquilosadas, lo sientan”. Aquel que “una de sus piernas es más corta y las dos torcidas” y que “sus brazos y su cuello fuertes, sufren, de pronto, estremecimientos ondulantes”. Aquella que “parece que su amargura de pronto va a dejarla muda” y que cuando “desfallece lentamente, en silencio, llega a poner la cara en el piso”. Ese otro, cuyo   ”estado normal es de cansancio” y que tiene “los ojos grandes, incoloros, inexpresivos” y su “voz es fea y no sabe llorar”. En el mismo sentido hemos concebido los diálogos como soliloquios encubiertos, nos hemos detenido en las miradas esquivas, en el reojo hostil. Hemos reconocido las huellas del sarcasmo en gestos, tonos y silencios, materia prima imprescindible de esa musicalidad elemental del grotesco criollo.

Con el mismo cuidado hemos trabajado en el diseño escenográfico, de vestuario y de iluminación. Esa interiorización resultante de la profundización del sainete que todo grotesco presupone, esa “mudanza” del patio a la habitación, ha sido tenida especialmente en cuenta en nuestra versión.  El territorio siempre provisorio, precario y heterogéneo construido solo de pasado y futuro, la penumbra compacta que los personajes parecieran atravesar fantasmagóricamente, han sido plasmados en la obra a partir de objetos escenográficos y vestuario de rigurosa época y protegidos en su expresión a partir de un tratamiento plástico/lumínico basado en preceptos canónicos del grotesco criollo. Ahora bien, todo lo anotado hasta aquí da cuenta de nuestro plan de preservación y celebración del género. Es decir, una de las dos fuerzas que confrontamos en nuestro abordaje de la obra de los hermanos Discépolo. Pero tal como lo enunciáramos, hemos operado sobre el material para homologarlo a lo que son, siempre según nuestro criterio, las cualidades del público actual y, por que no admitirlo, nuestras propias expectativas como espectadores. En tal sentido, hemos trabajado en la idea de una duración máxima del espectáculo de setenta minutos, aproximadamente. Esta premisa hizo necesaria la supresión de algunos textos, el desplazamiento de otros y la consiguiente reorganización general de las unidades dramáticas. El personaje de Humberto ha sido suprimido como tal, pero sus textos, sin embargo, fueron reubicados y resignificados, en su mayoría, en los personajes de Nicolás y Florinda, sus hermanos en la obra original.  Esta intervención, que a primera vista aparece como una simple reducción espacio-temporal, se concibió, sin embargo, como un proceso de condensación en favor de atenuar los aspectos más propios del sainete que, según creemos, contiene la obra original; y profundizar aquellos elementos netos del grotesco sobre los cuales, siempre según nuestro criterio, fue construida; y, de este modo, lograr amplificar el conflicto generacional y plantear de manera central el choque definitivo entre el orden establecido encarnado en Saverio (los padres) y esa idea todavía embrionaria e imprecisa de un orden distinto, encarnada en los hijos. De modo que esta reducción de la duración del espectáculo que aparece planteado a priori como punto de partida, como causa; es , en realidad, punto de llegada, efecto necesario.

Para nosotros, tal como lo propone David Viñas en su magnífico “Grotesco: inmigración y fracaso”, El organito “condensa al máximo un componente correlativo de la constante débiles-fuertes: es el de los hijos en oposición cerrada frente a los padres, es el nihilismo frente a lo establecido”. Esto es, “los hombres nuevos no toleran la existencia del grotesco dentro de los límites de su propio cuadro familiar. Más aún, para validar su personalidad necesitan la eliminación de esa figura que no solo concentra un proyecto frustrado, sino que lo insinúa como modelo y destino de vida”. Y por otra parte, pero en un mismo sentido, en El organito “el grotesco englute todo, hasta la escenografía. (…) Al mal no se lo conjura ni se lo justifica, se lo asume y también se lo interioriza”. Siguiendo estas dos ideas fuerza nos propusimos, entonces, un recorte en el que esta confrontación cruda, esta exacerbación del núcleo grotesco, en la que se llega “a la agresión y al robo recíprocos culminando en el proyecto de asesinato”, se expusiera en primerísimo plano. Nos pareció, entonces, que ciertos elementos de la obra, especialmente aquellos que se advierten como resabios del sainete, ciertos ingredientes canónicos contextuales, perdían su sentido original y no encontraban en este nuevo esquema una productividad tal que los justificara enteramente. Un ejemplo es el personaje de Humberto. Este hermano menor, de quién se nos dice que “es gangoso y se ‘chupa’ algunas sílabas, compadreando”, representa, a nuestro juicio, una herencia de la dinámica sainetera, y sus intervenciones, en muchos casos, conllevan una descarga, una descontracturación que va en sentido opuesto a nuestro propósito de condensación y exacerbación. Su discurso, casi siempre anclado en un repentismo ingenuo y jocoso, apenas si roza a Saverio, para quién de ningún modo califica como verdugo. Si lo agrede o lo castiga, lo hace solo por su proximidad a Nicolás, en quién sí ve un potencial enemigo.  Sin embargo, muchos de los textos de Humberto, en boca ahora de Nicolás ó Florinda, se resignificaron y funcionan ajustados a nuestro plan general.

En el mismo sentido, hemos fragmentado y redistribuido las escenas más extensas y hemos modificado la configuración de otras. En la escena en dónde Saverio mata a la cotorra, por ejemplo, solo hemos conservado la presencia y las intervenciones discursivas de Mamma Mía y Anyulina. Creemos, de este modo, haber logrado que este acto, brutal en si mismo, alcance la contundencia de la confesión de un límite nunca antes atravesado. No hay ostentación ni ampulosidad en nuestro Saverio, sino, intima y dramática asunción del mal.

Hemos incorporado también, aunque con distinto propósito de las modificaciones que acabamos de detallar, canciones y microcanciones originales, con música de Juan “Tata” Cedrón, que sobrevuelan algunas escenas y son puente entre algunas otras. Canciones de factura tanguera, cuyas letras, a veces presagiando, a veces simplemente comentando, funcionan como breves descansos del relato y, al mismo tiempo, como una especie de conciencia distanciada que sentencia desde una cierta divinidad grotesca:

 

¡Ay, Nicolás!…¡Ay, Saverio!

Gallitos de reñidero

No hay picotazo que alcance

Cuando el destino es fulero…

No hay picotazo que alcance

Cuando el destino es fulero.

Oímos, por ejemplo, la mítica voz del Tata Cedrón mientras Nicolás organiza las barajas con las que ingenuamente cree que va a “pelar” a su padre.

 

Para finalizar, queremos insistir una vez más en el carácter de versión libre de nuestra propuesta y anticiparnos a quienes la entendieran como una profanación, rogándoles que sea  en los límites de nuestros humildes recursos en dónde busquen la causa y de ningún modo en la idea de que hemos juzgado a la obra original como pasible de alguna corrección o rectificación.

EL ORGANITO

 

Ficha Técnica:

Autores: Enrique y Armando Discépolo

Versión: Sergio Lobo

Música original e intérprete: Juan “Tata” Cedrón/ Trío Cedrón.

Actúan:

Saverio ………………………. Miguel Polizzi

Anyulina…………….…………Inés Jordana

Mamma Mía……………..Norberto Muzzi

Felipe…………………….Emiliano Mazzeo

Florinda………………………..Mayra Mucci

Nicolás…………………………..Gerardo Secco

Asistencia de dirección:

Patricio Belmont

Asesoramiento escenográfico:

Hector Calmet

Diseño de escenografía y vestuario:

Jorgelina Herrero Pons

Diseño de Iluminación:

Hector Calmet

Canciones originales:

Juan Cedrón / Sergio Lobo

Música original:

Juan “Tata” Cedrón

Interprete música original:

Trío Cedrón

Producción Ejecutiva:

Anabella Valencia

Dirección General:

Sergio Lobo

Producción:

Teatro El popular

 

Próximas funciones durante el año 2013